En el año 2005 empecé a mandar mail a mis contactos contándoles anécdotas bizarras que vivía. Luego se viralizaron y me pidieron que las recopile en un blog y aquí estamos. Barthes tenía razón en eso de que las dos acciones humanas más viscerales son narrar y persuadir. Y le sumo la necesidad imperiosa de reir y de pensar en este mundo tan sórdido en el que vivimos. Eso son y buscan mis textos. Espero que les sea agradable el paseo. Enjoy.
viernes, 20 de febrero de 2015
Crónica del recital de Calle 13 (Febrero 2015)
lunes, 27 de mayo de 2013
25 de mayo de asfixia, ficciones, demitificaciones
domingo, 19 de agosto de 2012
Los expropiadores de migajas
Le decía a ella, mientras armábamos los cubiertos, que había sido una semana de golpes bajos cuando de repente entraron los tres al bar. La vida te demuestra a veces que si creías que la realidad venía jodida puede superarse a sí misma en cada tramo. Tenían una actitud bardera y avasallante, típica de niños en transición a adultos, niños centauros cargados de un rencor del que creo no son conscientes pero que les brota del movimiento ondulante de sus cuerpitos, de sus caritas agresivas pero dolidas. Y cómo no! si en vez de estar jugando están vendiendo medias o cualquier cosa.
Tal vez nunca hicieron todo eso que contaban, tal vez había mucho de hiperbólico en esos relatos pero, de cualquier modo, lo que es seguro es que a eso no lo sacaron de la tele. Viven situaciones extremas con una naturalidad brutal y me eligieron a mí para contarlo, no sé por qué. Probablemente el único atisbo de protagonismo en una sociedad que los excluye y los estigmatiza sea ese, el del bardo, las armas, las drogas y la música al palo y lo único que faltaba era un interlocutor receptivo que escuche esas historias. Hacerlo era fascinante y desesperante a la vez, todo ese universo ahí, arrojado y abierto en palabras y gestos como una fractura expuesta. Me preguntaba internamente qué y cómo hacemos para ser más que oyentes críticos de lo que les pasa. La impotencia es una contracción violenta que me atraviesa de palmo a palmo porque sé que sea lo que sea que yo diga no va a modificar sus realidades, así como no cambia en nada que les de o les deje de dar lillos a los changos que me piden cuando voy al barrio sabiendo que fumo tabaco armado, no van a dejar de fumar caño, e incluso es tan extremo todo que hasta sea mejor que les de mis papelitos antes que se armen uno con papel de diario.
sábado, 14 de abril de 2012
Se acabó la joda
viernes, 21 de octubre de 2011
Se hace camino al tropezar (23/02/10)
Hasta lo más aparentemente banal
merece ser narrado
para democratizar
el pensamiento, la mirada, la alegría…
Kill Bill
Se hace camino al tropezar…
sobre todo bajo atenuantes etílicos de la percepción, que impedirán ver, por poner un ejemplo cualquiera, las contundentes canaletas que yacen bajo las propias narices, las que, en cuestión de minutos, devendrán en clara inversión paródica desde la propia función, lomos de burro tras un colapso progresivo y acumulativo de cuerpos desestabilizados x las mismas, ya por, como digo, la influencia de los espectros bacanales o simple distracción de abreboca. Una gran metáfora de las contradicciones de la vida, las cosas que siendo una cosa, valga la redundancia, en un comienzo, x negligencia o mala praxis (del caminar) son desvirtuadas y terminan siendo lo contrario e incluso cayendo en la más alevosa de las antípodas: de lomo de burro a dique de contención ya, dado que con el paso de las horas más gente irreflexivamente se va acumulando en dicha canaleta.
Sin embargo, puede haber un tropezador con reflejos tan desarrollados, a pesar de su zigzagueante marcha y su enrojecido mirar, como para eludir esto, “esquivar el bulto”, como quien dice, librando una implacable batalla cuerpo a cuerpo con el aire y lograr heroicamente sostenerse de un hombro desconocido, que lo mirará con hastío y se librara rápidamente de aquella mano.
O bien alcanzar de un manotón a un arbolito indefenso:
Arbolito indefenso, al que alguien, que tal vez esté mirando con odio camuflado en la multitud, se tomó el laburo, hasta ese momento, de ponerle una guía y regarlo todas las mañanas entre risueños suspiros pastoriles.
Arbolito indefenso, que luego de ser arrancado brutalmente de raíz x el tropezador, abatido x el ímpetu generado x el borde de la canaleta, devendrá bastón inerte, en claro tributo al Polifemo de Góngora que hacía lo propio con los pinos para análogos fines, (sólo que, como digo, no preso del vértigo inmanejable como en este caso).
Entonces, detiene la marcha en seco el hiperbólico tropezador, gracias al improvisado bastón, ubicado en las inmediaciones de un grupo de gente que detiene su tertulia para mirarlo, unánimemente atónitos, y escucharlo emitir, agitado, el siguiente enunciado: “menos mal que estaba eso ahí”. Retirándose luego, sin más, haciendo el ademán de secarse la frente con gesto de “me salvé x un pelito”, perdiendose en la multitud. (realmente Antonio debería haber escrito esto, siendo consecuente con su apellido, historias de curdas, imagino q no le han de faltar)
Sin embargo, como dice el sabio y alegre Santo Biasatti: “de todo se puede volver, menos del ridículo”…ahora, que a uno le importe o no…depende de cuán consciente este uno, a veces cuando uno se acuerda apela al autoexilio y a veces ni nos importa pero, también está el caso de que le importe más a los demás que a uno y bueno, que se curtan los otros.
Pero si apelamos al optimista lugar común del refranero popular: “un tropezón no es caída”, para analizar dicha secuencia… y…puede ser… pero depende, me parece que es relativo según el contexto. Un contraejemplo, su contratara poco feliz sería la siguiente: si querés abordar a alguien con despliegues de agudeza chamuyeril y vas en camino sin reparar en el complejo engranaje de canaletas, escalones, desniveles, etc; lo probable es que llegues con el mentón al ras del suelo nadando en el aire…y bue…hay dos opciones: ganar x bizarro o pasar a engrosar la triste nómina del libro de la vergüenza ajena y de los olvidos urgentes, lo cuál puede representar la caída definitiva respecto al objetivo (Digresión imprescindible: esto vale también para toda manifestación involuntaria de índole escatológica, llámese: escape de flatulencias superiores e inferiores, mucosidades visibles, atrancamiento de inodoros ajenos. Pero estas cuestiones, como todos sabemos, no son más que la clara muestra de que nuestra sociedad no avanzó lo suficiente como para q, de una vez x todas, se naturalice la siguiente verdad: “cagar es humano” y todas sus metonimias posibles. Estamos en un plano de eufemismo alarmante, pero este es tema de otra reflexión)
El célebre filósofo Julio Iglesias, también plantea otro punto interesante para el debate en cuestión, cuando explicita musicalmente la siguiente premisa: “tropecé de nuevo con la misma piedra (y/o canaleta, agrego)”. En otras palabras, plantea una reflexión verdaderamente trascendente: la piedra (y/o canaleta) no como simple objeto contingente en el camino, sino como obstáculo epistemológico en el cual reincidimos una y otra vez. Por tanto, tropezarse con una canaleta muchas veces en la noche, máxime ser parte del lomo de burro, ni hablar del dique de contención, además de reconfigurar una arquitectura literal y material, un camino inmutable, es símbolo de otros problemas que gravitan en el inconsciente, que tienen que ver con la contradicción de tomar iniciativa para el estancamiento, la ironía trágica de ser uno lomo de burro, o sea, uno ser obstáculo epistemológico de uno mismo. Y digo esto xq cuando el borracho hace esto inconscientemente está manifestando una cuestión de fondo. ¿Porqué no me dediqué a la psicología? Freud debería haber inventado el “complejo de canaleta y lomo de burro” …el que quiera plantear las posibles connotaciones sexuales de tal complejo, puede hacerlo, yo ya me voy…
con esto, sigo dándole la razón a Roberto Arlt, de que uno puede escribir sobre cualquier cosa…
Kill Bill
jueves, 13 de octubre de 2011
Alarmas y monedas (02/04/09)
- “Suena por que suena…por que es alarma”-contestaron las cejas arqueadas a más no poder, de tal manera que se salían hastiadamente de la frente del vigilante hasta no vérselas,como si fuera una hartante obviedad esa pregunta. Claro que lo era! Por que es tan inherente a las alarmas sonar como a los perros ladrar, no importa porqué, no debe cuestionárseles su función, es así porque es así y punto ¿Uno le pregunta a los perros callejeros: “porqué me ladrás, qué te hice”? No, no lo hacemos porque sabemos que no nos responderán, que es una pregunta estéril, a lo sumo como respuesta podemos recibir una mirada brillante, taciturna, resignada que nos dice: “ladro porque soy perro, y para eso estoy, es intrínseco a mi perridad, no es nada personal”. ¿Por qué perturbar entonces, haciéndole gastar saliva con preguntas inútiles, al pobre hombre que está podrido de abrocharle los inoportunos bolsos, con plastiquitos delatores, a gente que no tiene monedas de 1$ para guardarlos en los casilleros?
Pero la gente no tiene la culpa porque, cuando uno va a pedir cambio a los cajeros, también estos arquean las cejas y te dicen que no tienen, porque en esta provincia se codician tanto las monedas como lo hacía el caudillo Facundo Quiroga, por allá, en el siglo XIX, quién monopolizaba las monedas de toda La Rioja según decía el “señor” Sarmiento para ilustrar la “barbarie”. O sea que las cosas no cambiaron tanto no?
El lector coincidirá conmigo en que el monopolio de monedas es un acto de barbarie, un flagelo cotidiano que acarrea muchas situaciones frustrantes y devastadoras que se repiten circularmente.
El siguiente hecho recurrente es ilustrativo de esto que afirmo: tener que comprar chicles, o cualquier boludez -con perdón de la "vulgaridad"-, en el único kiosco abierto un domingo a la siesta -donde no venden cospeles, claro- para que te den cambio de 10$ (odiando la cara de “el creador de la bandera”) con el potencial agravante de que “te haga” los 10 centavos el colectivero porque el boleto hoy sale 1.40$ y rara vez tenés cuatro monedas de 10 centavos y más raro que perro verde aún, tener una de 25 y otra de 5! Y lo que sigue es una profunda sensación de desamparo frente a la mirada burlista del colectivero en el espejito, como diciendo: “ni soñés que antes de bajarte tendrás tus 10 centavos”. Y pensás en lo injusto que es que vos no podás hacer lo mismo, subirte un día y decirle: “te debo 10”. Y odias, a su vez, al kiosquero que el otro día te dio un caramelo “alca” por los 10 y, metonímicamente, a todos los kiosqueros del mundo q hicieron de tu monedero una caramelera, a los cuales tampoco, como es lógico, podrás comprarles cospeles nunca con esa bolsa hipotética que podrías llenar con todos los caramelos que te encajan de prepo.
En ese momento no te pasa la vida por los ojos sino la cara de todos los kiosqueros que viste en tu vida que, día tras día, con el correr de las modas -kiosqueras con pantalones tiro alto y flequillo con limón, kiosqueros con camisas leñadoras, etc-; con los cambios económicos -en australes primero, en pesos luego- te "hicieron la guita” sistemáticamente de mil maneras encajándote caramelos -“media hora”, de menta o de dulce de leche que se te pegan en el paladar como hostias- todos ellos simétricamente horribles, como si hubiesen hecho un estudio de mercado en cada contexto para ver cómo joderle mejor el ánimo a los consumidores de cospeles.
Entonces empezás a ponerte paranoico pensando que tal vez todo esto no sea azaroso, que tal vez los kiosqueros, los colectiveros y la empresa de caramelos “alca”, estén complotados, y hasta agremiados clandestinamente, para repartirse las monedas; que tal vez configuran una logia de adoradores de monedas, cuya oración de cabecera sin duda sea un legendario poema español del siglo XIV llamado “ejemplo de la propiedad que el dinero da” que figura en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, cuyo protagonista principal, claro está, es el Poderoso caballero don dinero, sublime alegoría extensiva a los tiempos que corren; y que mientras lo hacen –rezar- comen, a su vez, esas monedas históricas de chocolate con papelito dorado -que son tan ricas-, y los odias más y más, mientras mirás por la ventanilla y rueda una lágrima de amargura por tu rostro…
El lector, sabiendo perdonar la digresión verborrágica en la cual, de repente, esta humilde observadora urbana enajenóse, bajará del colectivo y entrará al supermercado nuevamente, encandilado por las luces de celestiales fluorescentes. Tomará un carrito y, acompasadamente, paseará, sincrónicamente con él, por las góndolas –simulacros obsenos de abundancia al alcance de la mano-, porque no hay en el mundo coordinación más bella, armónica y perfecta, que la que establecemos con ese móvil féretro de nuestros bolsillos, una catártica y desenfrenada danza que desemboca en los tobillos del incauto que va delante nuestro, al que, sin zapatillas y sin disculpas, dejamos atrás articulando histriónicamente impotentes improperios.
Todo es felicidad hasta que llegamos a la caja, infame aduana que nos devuelve a la realidad capitalista de que-nada-es-gratis-y-que-estamos-arrojados-en-el-super-y-no-alcanza-el-d-i-n-e-r-o-porque-es-fin-de-mes-y recién nos damos cuenta!!
Entonces alguien atrás tuyo con un apuro de fin de mundo, preferentemente una señora con una agriedad que agrieta su rostro, en especial su boca en curva descendente y su nariz fruncida como si oliendo la peor cloaca estuviera hace años; descarga el contenido de su carro yuxtaponiendolo frenéticamente sobre tu mano, abandonada en la cinta de la caja, o bien, encima de tus cosas, Y “guay” con mirarla feo que no le temblaría el pulso para apuñalarte con un pan flauta!
…así que, cuando “te dan la cuenta”, “te das cuenta” que el contenido de tu billetera - cuyo nombre, dicho sea de paso, constituye una ironía despiadada- es inversamente proporcional a la cantidad de sudor que corre por tu frente ahora y directamente proporcional a la multiplicación de rostros iracundos que te suceden cuando ven que te demorás haciéndote el que buscás plata en el bolso (a sabiendas que no tenés un mango) y sólo sacás -cuál Mary Popins- martillos, clavos, pinceles, tizas y demás cosas insólitas de adentro (bueno, supongo que no a todos les pasa, esto hacía mi madre que es profesora de dibujo en epocas de armar paneles para exponer las creaciones de los chicos de la escuela) y entonces si...pasa finalmente que escuchan que vas a dejar “algunas cositas” (que casi siempre es más de la mitad o casi) porque no te alcanza, y la horda de consumistas acrecienta alevosamente la marea murmurante de quejas y muecas de molestia mientras el/la cajero/a te hacen nuevamente el ticket, en una incómoda eternidad de segundos que desgarra la atmósfera volviéndola irrespirablemente molesta…
Al fin te vas… caminando lento sólo para cobrarte la gratificante revancha de escuchar cómo le suena la alarma a la vieja de cara agria, cómo le ladra desaforadamente sólo a ella en un acto de inolvidable justicia poética -aunque más no sea-, un pequeña batalla ganada a la humillación ejercida por el individualismo y la intolerancia de los sujetos de los carros llenos...como se ve, el super es como la vida y las alarmas -a veces aunque raramente como ahora- reivindicatorias...
Kill Bill
domingo, 4 de septiembre de 2011
La heroína de las pantuflas (21/05/06)
Amigos míos, para sobreponerme a episodios tristes de mi vida, me puse a pensar en cosas graciosas y recordé una anécdota tremenda. Una vez, el año pasado creo, tome la bizarra decisión de comprarme unas pantuflas y fui a una galería, a un local específico donde venden dichos "objetos". Resulta que entro y estaba atendiendo una vieja rabiosa, esas viejas a las que les pagaría con mis ahorros un "taxi boy" para que les de una alegría, sólo por eso. Son esas viejas que vienen mal orientadas en la vida y te tratan como si estuvieras molestando cuando vas a comprar. La tipa maltrató a una minita que había visto unas pantuflas en la vidriera porque no sabía el número y en vez de mandarla a la mierda, la mando a ver la vidriera. Después apareció la típica viejita senil (de esas que te rompen la paciencia preguntando sisifescamente lo mismo cada 15 segundos) que le pedía una pantuflas rosas pero de otro modelo que no estaba en la vidriera, no entendía que esas pantuflas eran inexistentes y ahí sí, tal vez dá para ponerse un poquito idiota cuando tenés una barrabrava de viejas invernales que se están agarrando a los chirlos atrás del mostrador para ser atendidas. Después apareció la típica colada impune que se mete adelante tuyo haciéndose la boluda mientras vos esperaste mil años y la tipa la atiende ( y encima la atiende bien!). A todo esto yo estaba de "bajorelieve" en la escena, de vil observadora y estaba rumiando mi bronca en soledad. Cuando me atendió a mí la tipa casi me manda a ver la vidriera pero le frené el carro y emití mi discurso, el más revolucionario de todos.
"Usted me está maltratando y maltrató a la chica que se fue, yo no le estoy hablando mal - me dirigí entonces al dueño- tener empleados así lo perjudica porque se les van los clientes, entiendo que todo el mundo puede tener un mal día pero no por eso los demás tienen la culpa...esta señora no valora su trabajo, en Argentina hay mucha gente que no tiene trabajo no porque no quiere sino porque no encuentra, estoy segura que muchos en su lugar serían felices y lo valorarían más, tendría que agradecer que tiene la dicha de tener laburo en un país como este..." (Algo así era...no me acuerdo bien cómo lo dije así literal pero ese era el sentido) y ya me estaba yendo emboladísima y otra vieja que no sé de donde salió (del reino metafísico de las pantuflas o de una montaña de pantuflas tal vez, no sé) me dijo que no me vaya, que tenia razón y que me iba a atender ella. Debo confesar que me generó un conflicto, me vi en una encrucijada feroz: qué hago? pantuflas o dignidad? (parece un enunciado peronista, jajaja) casi me decido por la dignidad pero después dije: no puede ser que por culpa de una vieja idiota me quede sin lo que fui a buscar. Después la otra vieja que me atendía me dijo: tenés razón en lo que decís pero ella no es mala persona, sólo tiene mal carácter (insólito: creo que nadie va a hacer amigos a una casa de pantuflas, vas a comprar, es una realidad x mas dura que sea, x lo tanto, te da lo mismo que te atienda Yabrán o Grecia Colmenares siempre y cuando te atienda bien). Así que todos felices, todo terminó como un gran cuento de hadas, la tipa se sosegó con mi discurso, yo conseguí mis pantuflas y me fui contenta a mi casa porque no hay nada mas relajante que sacar la bronca de adentro, estas cosas pasan todo el tiempo y preferimos pasarlas por alto: los colados impunes, los malcogidos, los idiotas, los seniles y sisifescos...el mundo está lleno de ellos! solo hay que ponerlos en su lugar cuando corresponde. Así fue amigos, una tarde heroica, flameaba la bandera argentina de fondo mientras emitía mi discurso socialista (para todos aquellos que dicen que hay que llevar lo que uno piensa a toda la población vean, yo lo lleve...¿a una casa de pantuflas?, algo es algo).
Mucha risa y bizarría
Fe de erratas ideológica a 5 años de este falso manifiesto socialista:
Cómo pude haber sido tan botona con esa doña? Cómo pude apelar a la patronal cual “acusalo con tu mamá, Quico”? Cómo pude haber concebido que hay que “agradecer” por tener trabajo? Cómo pude ser tan obtusa y no pensar en la precarización laboral, en la quemación cerebral de esa trabajadora? Cómo pude hacer un análisis de la situación tan acotado, tan descontextualizado? Claro que flameaba la bandera argentina! Flameaba la bandera de los pequebú reduccionistas, los de siempre, qué equivocada estaba!. Ni hablar de las pantuflas como signo ideológico de clase, qué pedorro por el amor de Carlos Marx!
Igual no me voy a autoflagelar, era una pendeja que iniciaba sus pasos en la observación de las cosas, creo haber avanzado un poco más que eso, creo, porque por lo menos, aún sintiendo vergüenza, no ajena sino propia, me hago cargo de hacer la autocrítica correspondiente y no negar este texto, que hoy leo, nefasto. Esto sirve como parámetro de un salto, de un proceso que me llevó a no ser tan mierda como esa vuelta. Espero coincidan conmigo en este cambio de lectura.
La Kill