viernes, 20 de febrero de 2015

Crónica del recital de Calle 13 (Febrero 2015)

“Hay que ver Calle 13!” Vengo agitando imperativamente desde que me enteré que iban a estar en Salta. Es la primera vez que viajo a ver una banda en otro lado con gente coetánea, todos jóvenes. Subo al bondi y es muy “volver a los 17” todo, muy Bariló. Gente chupando hasta morir, vomitadores etílicos precoces que chuñaron el baño del bondi antes de salir a la ruta, más todavía, antes de que arranque el colectivo. No me gusta el Fernet y de pronto tengo un vaso enorme en mi mano, tomo para no ser tan ñoña pelando el mate a las 2 de la tarde. De pronto murmullo, quejas, la improlijidad de siempre: revendieron asientos y 14 personas que ya pagaron y no tienen asiento suben y se amotinan en el bondi para poder viajar. No pueden viajar parados así que los hacen bajar y gestionan otro colectivo.
Bien, al fin salimos! Hay gran expectativa. Nadie se avivó de llevar música así que vamos escuchando Eros Ramazzoti y la Oreja de Van Gogh. Hay gente de rastas y con pinta de densa que sabe las letras y las canta. Mis amigas hacen las coreo: no las conozco. Hay llamadores de atención que hablan a los gritos, creen que eso es sexi, creen que van a levantar algo. Se aprecian las presumidas obvias. Gente que fuma y no entiende que no se puede quemar nada arriba, que existe gendarmería. Debatimos si es que son pelotudos, pendejos o que les chupa un huevo todo. Me duele la cabeza de tanto humo y eso que fumo, es la costumbre de haber madurado y no fumar en espacios cerrados, o mis 32 años, no sé. Me clavo un Ibuprofeno y me duermo un ratito.
Hacemos parada, bajamos a buscar un baño decente y a comprar víveres. Cuando volvemos, unos amigos nos cuentan que pasó Pablo Lescano por ese parador, nos muestran la foto cholula que se sacaron. Digo que estamos en la ruta de la marginalidad, aunque haya que discutir qué es eso, no importa, todos sabemos de qué hablamos. Subimos al bondi para retomar la ruta. Cuando controlan si estamos todos, se dan cuenta que hay dos seres nuevos: cambiaron de bondi con otros dos que ya estaban en ruta. Dos dedos de frente es mucho pedir: hay una lista pal seguro chango! Avisen!. Después de toda esa rosca salimos al fin de nuevo. Me pregunto si así serán los viajes para ir a las misas del Indio, y me respondo sola que esto debe ser muy light, y que me queda eso pendiente como experiencia para cotejar (nota mental, fluir de la conciencia impune porque esta es mi escritura y hago lo que quiero). En suma, la magia de los viajes rockeros juveniles.
Llegamos. Todo es puro entusiasmo. Luego de la eterna cola burocrática de siempre, entramos. Estamos en un predio inmenso. Nos ubicamos en donde la trama de gente se vuelve impenetrable y no se puede avanzar más. Estamos más o menos cerca pero se ve apenas. Entra Calle 13 cantando “fiesta de locos”. Nunca fue más literal. De pronto, de la calma misma se erige una ola monstruosa de gente que amenaza con aplastarnos. Ahí supe que mi tobillo estaba habilitado para saltar: el instinto de supervivencia puede más que el dolor en el piedra, papel o tijera de los recitales. Decidimos salir de ahí o moríamos. Sólo el que alguna vez hizo pogo o fue absorbido por ese remolino vertiginoso de energía irracional, sabe/intuye cómo salir con vida. Salí saltando para atrás porque si me daba la vuelta iba a terminar patas pa`rriba cual cucaracha, expuesta a la pisoteada masiva y unánime. Cuando llegamos a un remanso de gente supimos lo mal que la estábamos pasando antes.
Pero realmente no sé si todo esto es tan importante de contar, como el hecho de que René Pérez haga subir a dos miembros de la comunidad Wichi al escenario para decirnos que todavía existen y nos necesitan. Más que las palabras, más que sus canciones, sentí ese gesto como un manifiesto. Creo que muchos lo sentimos porque nos encontramos de pronto llorando frente a un escenario. Podremos discutir si es demagógico, si el mercantilismo de una banda masiva como Calle 13, si la conveniencia de jugarla de marginal tirapiedras pero contradictoriamente ser parte del sistema, y la mar en coche, pero yo lloré porque sentí ese gesto genuino, el gesto de devolverle la voz al otro, donde debe estar, y no hablar por él, porque sentí la tristeza, la rabia, la impotencia, las ganas de luchar, cuando escuché a esa mujer Wichi, sentí su historia, la nuestra como Latinoamérica, fluir por las venas, porque me siento representada en esas canciones que escuché tantas veces caminando por las calles, caminando, como debe ser, nunca quieta, nunca paralizada.
Fue el recital más movilizante al que he ido, después de Waters y muy diferente por el particular tinte latinoamericanista. Altos cimbronazos ideológicos que te dejan electrizad@, donde el arte es vehículo de un repudio inteligente, creativo, potente, al poder dominante.
La simplicidad de René Pérez es estremecedora, incitando siempre con el discurso a la hermandad, al cuidado de unos y otros (aunque era claro que a no todos les había llegado la idea y se masacraban por estar adelante, como si eso fuera lo realmente importante de estar ahí) una estrella con un brillo raro, enceguecedor, enorme, que cuando se produjo el corte de luz masivo en la mitad de uno de sus temas nuevos, en lugar de putear porque le cagaron la performance, se puso a repartirle agua a la gente. Así de simple, así de humano el tipo.
De pronto la lluvia y “Latinoamérica”, momento simbólico, momento mágico. Y un cierre fiestero con “vamo`a portarnos mal”. Así fue todo, oscilar de la conmoción al baile descontrolado pero con una bisagra común: la rebeldía ante el opresor y la búsqueda incansable de liberación.
 Y después volver a la realidad, volver al colectivo y bardo porque alguien del bondi le choreó un vino a otro. Nos preguntamos qué son esos, si lumpenes o caretas, siempre la preocupación por la clasificación. Pero el tema es que no importa, lo que sí, parece que nunca escucharon una canción de la banda a la que fueron a ver, nunca a conciencia al menos, no se dejaron envolver por la ira de sabernos enfrentados por boludeces y no ocuparnos de lo importante, una lucha más inmensa, más solidaria, que disuelva los individualismos, ese es el mensaje: la rebeldía. Sólo que algunos confunden rebeldía con viveza criolla o pelotudez, lamentablemente. O escinden lo que dicen que piensan de su comportamiento concreto. En fin, las contradicciones de siempre en todo que hace que una piense: mmm ta duro hacer la revolución, falta bocha!

En suma, un recital intenso, inspirador, una mecha prendida, una patada voladora a la conciencia, pero sólo para aquellos que tienen las pelotas de abrir las entrañas al impacto de ideas liberadoras, porque las ideas están ahí, pero hay que transformarlas en acciones para darles alma.
Fue lindo "volver a los 17" pero con esta cabeza y este corazón.

Kill Bill

lunes, 27 de mayo de 2013

25 de mayo de asfixia, ficciones, demitificaciones

Esto es apenas un principio reflexivo humilde, la punta de un iceberg de dimensiones descomunales, una lectura casi en bruto, un pensamiento que sigue avanzando...

Estuve el 25 en plaza de mayo. Bah, no, en realidad nunca llegué. Cuadras y cuadras de columnas de Unidos y Organizados, la Cámpora, el Movimiento Evita y afines, de todo el país. Plaza Miserere estaba colapsada de colectivos. En la medida que íbamos acercándonos, aquella trama multitudinaria se volvía cada vez más ceñida e impenetrable, hasta encontrarnos de repente con un muro de gente que no nos permitió avanzar más. Entonces replegamos y nos fuimos. Pensé, un poco desalentada: qué aparato del pingo que tienen!. Me pregunté cuántos serían los oportunistas, pragmáticos, veletas, cuántos los convencidos, cuántos los confundidos, cuántos los que saben la verdad que se esconde siniestramente, la podredumbre que subyace a la hermosa alfombra de los derechos humanos, la diversidad y la igualdad, cuántos los que saben que no hay intenciones reales de generar cambios estructurales, de construir autonomía, sino más dependencia.
Ojalá no hubiésemos sido los únicos curiosos mezclados en la alienación general. Pienso cuántos serán los ausentes que no se dejaron fascinar ni hipnotizar, que siguen incólumes sin perder el eje que muchos resignaron, negociaron o trocaron por migajas o porque es más cómodo dejarse arrastrar por la corriente que resistir, el principio firme que el Estado y las instituciones son hegemónicos, opresivos y represivos SIEMPRE. Pienso que el  Kirchnerismo la hizo re bien. Supo leer rápidamente que las organizaciones sociales eran las principales mediadoras entre el Estado y las bases, constituyendo núcleos de resignificación ideológica contrahegemónica y entonces no sólo creó un aparato “militante” de la puta madre para garantizarse univocidad y perpetuidad en contradicción grosera con ese discurso divino y falso de la diversidad, sino que también se apropió de su lenguaje y sus prácticas. Por eso hay gente que cree que el kirchnerismo creo la “militancia”, palabra y praxis manoseada y distorsionada si la hay. No dan puntadas sin hilo, claro que no, no iban a ser tan buenos e ingenuos de democratizar recursos con la izquierda independiente para que construya en contra y ya, por lo cual es que hoy se entiende el despliegue del aparato en cada territorio con el claro objetivo de quebrar organizaciones, aterrizando sus naves de abducir militantes y homogenizar conciencias.
 No me pude mirar a los ojos con nadie ahí sabiendo esto con la cabeza y con el cuerpo, no pude encontrarme a mí misma en aquella multitud. Me sentí desamparada. Tuve miedo de lo duro que va a ser todo. Es dificil no sentirse derrotado. Es dificil no sentir que está jodido desenceguecer, crear una conciencia de que el trabajo y la educación dignifica, libera, de que sin organización real no hay emancipación.
Sin embargo voy a seguir, aunque vivir cueste vida, como dice el Indio, porque, si bien nadie está exento de la contradicción, hay convicciones que no se negocian así que me voy a comprar un par de remos y a continuar. La lucha es larga y las ficciones por derrumbar infinitas.

Nos vemos en la lucha!

P/D: Deberían inventar una nueva categoría, tal vez un poco más nueva para nosotros, los militantes de la izquierda independiente, porque el mote de "gorilas" no da ni a palos, de onda se los digo.


domingo, 19 de agosto de 2012

Los expropiadores de migajas

http://www.youtube.com/watch?v=apzGIJNipdY

Le decía a ella, mientras armábamos los cubiertos, que había sido una semana de golpes bajos cuando de repente entraron los tres al bar. La vida te demuestra a veces que si creías que la realidad venía jodida puede superarse a sí misma en cada tramo. Tenían una actitud bardera y avasallante, típica de niños en transición a adultos, niños centauros cargados de un rencor del que creo no son conscientes pero que les brota del movimiento ondulante de sus cuerpitos, de sus caritas agresivas pero dolidas. Y cómo no! si en vez de estar jugando están vendiendo medias o cualquier cosa.
El otro día cayó uno re chiquitito con una caja de chocolates. Entró cuando el bar estaba cerrado porque la puerta estaba sin llave y cuando le explicaba que estábamos limpiando, que vuelva a las seis cuando abramos, se me tiró al piso. Le dije que se le estaban cayendo sus chocolates y él me respondió tajante: “no son míos”, y yo: “Sí son tuyos porque vos estás trabajando, vamos, arriba papito”. Después cuando me cayó la ficha de lo que me había dicho, me sentí estúpida. ¿Cómo le voy a responder esa boludez si me estaba diciendo que ya, con 7 años, sabe lo que es la alienación; cómo, si le late adentro de tal manera que se metió en el bar buscando un refugio donde esconderse de ella? Sin embargo él me la dejó pasar porque ante todo es niño pidiéndome, antes de irse arrastrando las patitas por el piso, que le guarde unos juguetitos hasta que él vuelva de trabajar. Le pregunté cómo los había conseguido y me dijo que una chica se los había dado en la calle. En su carita había un gesto tan solemne como si fuera su mayor tesoro, de hecho creo no sólo que lo era sino que me estaba diciendo que él entiende la diferencia entre trabajar y jugar, entre la obligación y el deseo. Y yo, enternecida y agradecida por tremendo acto de confianza, lo guardé bajo la barra hasta que él regresara.
   Volviendo a la historia de los tres más grandes que entraron con actitud desafiante, resulta que uno me encara pidiéndome entrar al baño. Le dije que esperara porque estaba cerrada la llave de paso y no había agua y me dijo que tenía sed. Le dije que vayamos a la barra, que ahí había. Fuimos y de repente vi que por la otra puerta pasaba mi compañera corriendo a los otros dos. Le pregunté qué pasaba y me dijo que uno había hecho una artimaña para robarme el celular que estaba en la mesa donde armábamos los cubiertos y que le había dado la cana. Los chicos volvían de la puerta atrás mío diciéndome que era mentira. Estaban desesperados por hablar y contar su versión. Uno tomó la palabra y me explicaba a los gritos cómo había sido y me decía que había corrido el papelito para ver qué había abajo. Supe entonces que se había pisado sólo, que mentía porque a esa ya me la hicieron una vez.
Evoqué inmediatamente otra anécdota y viajé al pasado en un rapto. Estaba con una amiga en el bar sentada en una mesa conversando cuando cayó uno de los tantos changos que piden monedas. Dijimos que no teníamos y él apoyó los codos en la mesa muy cerca nuestro desplegando un papel, cual si estuviera leyendo una revista preguntando algo que no recuerdo y se incorporó. Todo fue muy rápido. Yo esperaba que me respondan un mensaje y toqué la mesa donde estaba mi celular y ya no estaba ahí. Le dije a mi amiga si lo había visto, me dijo que no. El changuito seguía ahí paradito, mirándonos, y de repente veo su mano en el borde de la mesa diciendo: “aquí está”. Yo ingenuamente pregunté “cómo llegó hasta ahí?” y mi amiga, tan descolocada como yo y pensando en voz alta, desentrañó el truco del pequeño mago: dijo que como el celular estaba lejos hizo ese movimiento de poner los codos y abrir el papel y que lo agarró con los dedos de atrás mientras hablaba para distraernos. Una vez revelado todo y como quién cumple un cometido él se empezó a alejar lenta y tranquilamente. Todo eso sucedió en cuestión de un par de minutos pero parecía como si el tiempo se hubiese suspendido y una burbuja nos hubiese encerrado a los tres. El bar estaba lleno pero era como si el entorno se hubiese anulado, invisibilizado. Nos quedamos mirando en silencio cuando él se fue. Lo que acababa de suceder era tan extraño, cómo si él en el fondo hubiese querido ser descubierto, medir nuestra reacción. A veces, cada tanto, me sigo preguntando porqué me lo devolvió.
Esta sensación volvió con estos tres changos. Una vez descubiertos en sus artilugios de distracción es como que se hubiesen relajado y hubiesen perdido interés en seguir intentándolo. Estuve de todos modos con los sentidos puestos en sus movimientos de aquí en más pero relajada al mismo tiempo. Le dije al acusado que mi celular era una porquería que no valía nada porque la batería ya estaba en las últimas así que se iba a pegar una clavada de aquellas y que igual era un bajón porque aquí en el bar la historia era otra. Me dijo entonces con tono provocador, de frente y moviendo la cabeza para arriba: “Ah si? Y cuál es la historia?”. Le dije: “La historia es que aquí los queremos dejar trabajar, no queremos correrlos porque andan en cualquiera, y queremos que nos dejen trabajar”.
Cambiaron de tema y me preguntaron qué eran todas esas cosas que tenía en la mesa: mis accesorios para armar cigarrillos. Uno agarró la maquinita preguntando cómo se armaba. Le explicaba pero él se iba anticipando como si me quisiese demostrar lo grande que era, que él ya sabía. Otro agarraba los filtros, los olía, los tocaba. El tercero señala la cajita de los papelitos y me pregunta: “qué es eso, doña?”, le digo que son papelitos para armar y encima de mi voz se imprime la del chango de la maquinita diciendo: “son papelillos, lillo, chango” y me pregunta si se puede armar faso con la maquinita. Le digo que sí pero que yo la usaba para armar tabaco. Mi compañera se va para atrás a hacer otras cosas y se instalan en la mesa con total confianza mientras yo armaba cubiertos. Me dice uno que su papá armaba faso con la maquinita y que él consumía pasta base pero ya no, que quedaba re loco. Descubren que tengo un pucho armado, lo agarran rápidamente y no sé en qué momento lo prenden y prepotentemente empiezan a pasárselo desoyendo mi súplica de que me lo devuelvan porque son muy chiquitos. Lo fuman compulsivamente, con cecas largas, no se ahogan. El pucho es la pelota y yo la tonta del medio. Se ríen de mi, se cansan y me lo devuelven. Les pregunto cuántos años tienen, me dicen que 15 pero no les creo, no pasan los 13 para mi. Les pregunto los nombres y me los dicen pero nunca me preguntan el mío. Uno se pone a mostrarme cómo baila Wachiturros, el otro se para y me muestra toda la coreografía. Estaban alegres, dejaron de estar a la defensiva. Me cuentan que en el barrio tocaban en la comparsa, que sabían tocar el redoblante y el cosito ese que es como un rayador. Uno me canta una canción con ritmo de cumbia que hablaba de los pibes del puente y con los cubiertos marcaba el ritmo sobre la mesa. Les pregunto de qué barrio son y me dicen que del que está frente al Mercofrut y ahí entendí la canción porque ahí hay un puente grande, aunque no sé si la inventaron ellos o si justo encontraron un tema de alguna banda que los identificó. Les cuento de la murga del barrio a donde voy yo, me dicen que los conocen. Les digo que avisen cuándo van a tocar, por ahí, quién dice, se puede hacer algo. Vuelven al tema de la maquinita. Me dicen que ahí se podía armar un nevadito con merca. Me contaban de una fiesta donde uno de ellos tenía un fierro en el pantalón. Le pregunto si era una tumbera. Me dice que no, me dice un calibre pero no me acuerdo cuál. Les pregunto por qué llevan el fierro a las fiestas. Me dicen que hay que llevar porque están todos tomando merca alrededor y se ponen locos, por las dudas, y porque todos andan calzados. Dicen que fumaron un nevadito y que estaban de la cabeza en esa fiesta, se reían contando la historia haciéndose los cancheros. Uno dice que al otro día estaba quebrado. Les dije que el tema es que con el tiempo es un bajón porque eso no te deja darte cuenta de nada, no te deja ni pensar y vivís hecho mierda con la cabeza quemada. Decían que ya no lo hacían.
 Tal vez nunca hicieron todo eso que contaban, tal vez había mucho de hiperbólico en esos relatos pero, de cualquier modo, lo que es seguro es que a eso no lo sacaron de la tele. Viven situaciones extremas con una naturalidad brutal y me eligieron a mí para contarlo, no sé por qué. Probablemente el único atisbo de protagonismo en una sociedad que los excluye y los estigmatiza sea ese, el del bardo, las armas, las drogas y la música al palo y lo único que faltaba era un interlocutor receptivo que escuche esas historias. Hacerlo era fascinante y desesperante a la vez, todo ese universo ahí, arrojado y abierto en palabras y gestos como una fractura expuesta. Me preguntaba internamente qué y cómo hacemos para ser más que oyentes críticos de lo que les pasa. La impotencia es una contracción violenta que me atraviesa de palmo a palmo porque sé que sea lo que sea que yo diga no va a modificar sus realidades, así como no cambia en nada que les de o les deje de dar lillos a los changos que me piden cuando voy al barrio sabiendo que fumo tabaco armado, no van a dejar de fumar caño, e incluso es tan extremo todo que hasta sea mejor que les de mis papelitos antes que se armen uno con papel de diario.
En un momento ya les dije que vayan a hacer lo suyo porque yo tenía que hacer un montón de cosas y se fueron tranquilos diciendo “hasta luego, doña”, con mucho respeto, a continuar sus itinerancias pseudo-laborales.
Este relato no tiene final, las caravanas de pequeños siguen circulando. Quiero seguir escuchando sus historias, quiero quererlos, ser una caricia aunque sea efímera, regalarles todas mis sonrisas, todos mis colores, porque ellos no son delincuentes, son en todo caso expropiadores de migajas de la burguesía, apenas pequeñas revanchas simbólicas.
 Es difícil no sentirse humillado cuando te chorean el celular o lo que sea, me ha pasado en otra situación que no relato aquí, pero una vez que nos recuperamos del mal trago tenemos la obligación humana de imaginar lo que sienten aquellos que están condenados socialmente a heredar el margen, que diariamente son torturados con carteles descomunales que les refriegan en la cara lo que no van a tener nunca en la vida “dignamente”. Hemos tenido y tenemos vivienda, educación, salud, tiempo libre para pensar por qué pasan estas cosas, justamente, porque hemos tenido y otros no. No podemos saltear más a los verdaderos culpables, cómplices, indiferentes y cómodos, y no los padres de los changos que también son carne de cañón, digámoslo, sino los “representantes” políticos de la nada que cobran sueldos voluptuosamente degenerados por hundir a los pueblos; los vendedores de drogas a grandes y pequeñas escalas; la clase media acrítica que mira para otro lado y repite como loro que paga sus impuestos como si hubiesen venido al mundo sólo para eso; la policía extorsiva, torturadora y asesina; los medios de distorsión masiva, etc.. No podemos seguir dejando que los pequeños sean los chivos expiatorios de este entramado siniestro con trasfondo genocida empujándolos al abismo de prejuicios que divide las clases, como si además todos fuéramos siempre correctos y no trasgrediéramos absolutamente ninguna norma establecida.
 La hipocresía en la que vivimos es tan obscena que también por esto creo que tuve la necesidad de escribir, y porque hace poco me enteré que habían periodistas buscando amigos que atestigüen contra los pequeños ladronzuelos de celulares en bares céntricos donde por supuesto las preguntas y las acciones claves siguen ausentes: por qué lo hacen y qué hacer con las verdaderas víctimas: ellos, los changuitos que circulan indefensos por los bares, expropiando o mendigando sobras.

Kill Bill

sábado, 14 de abril de 2012

Se acabó la joda

Tomo prestado un relato de mesa de bar, con posibles distorsiones ya que así funciona la memoria, para iniciar la reflexión que se desplegará continuadamente. Érase una vez una amiga de un amigo que llegó a su departamento y percibió que algo estaba raro reparando en la luz tenue que provenía de su cuarto. Cuando entró miró a su alrededor y vió velitas encendidas y pensó que ella no había dejado así la casa cuando se fue. De repente se detuvo en el piso cerca de la cama y vió una zapatilla de la cual brotaba una pierna entera que a su vez brotaba de debajo de la cama con pretensiones de invisibilidad, tremendo cacho pierna!. Entonces pegó un grito desgarrador. La pierna continuada de un cuerpo saltó rápidamente al grito de: "SOY YO!". El julepe se metamorfoseó en indignación y le dijo: "QUE HACÉS ACÁ!" y él: "nada, es que no pensé que ibas a volver tan rápido y como no tenía dónde ir, eh, bueno...". Era su ex de quien se había separado recientemente y el desenlace podría haber sido otro, pero no, lo corrió al pingo porque cómo se le ocurre vivir debajo de una cama?. Ahora viene el tema que nos convoca: no le hubiese pasado esto si se hubiese procurado un sommier. Con tal mobiliario se acabó la joda: no habrá más okupas, ni hijos que se escondan debajo para evitar la chacleteada luego de una cagada grande, ni duendes malevos escondedores de cosas y, sobre todo, se reducirán las posibilidades de infidelidad en la propia casa o por lo menos los lugares donde esconderse. La vas a pensar dos veces, más aún si tenés el agravante de estar en un piso 7, ponele, y no podés saltar por la ventana. Ténganlo en cuenta, no vaya a ser cosa que de repente llegue de improviso,como suele suceder, el/la oficial  y te encuentre arrodillado/a en bolas al lado del sommier queriéndote transformar en ojota para entrar debajo al grito de "MORFOSIS!" o pretendiendo transformarte en la cornuda para que se confunda al grito de "TELETRANSPORTAME SYNERGY!".
Para pensar...

Kill Bill

viernes, 21 de octubre de 2011

Se hace camino al tropezar (23/02/10)

Para mi amigo Fito:
Hasta lo más aparentemente banal
merece ser narrado
para democratizar
el pensamiento, la mirada, la alegría…
Kill Bill

Se hace camino al tropezar…
sobre todo bajo atenuantes etílicos de la percepción, que impedirán ver, por poner un ejemplo cualquiera, las contundentes canaletas que yacen bajo las propias narices, las que, en cuestión de minutos, devendrán en clara inversión paródica desde la propia función, lomos de burro tras un colapso progresivo y acumulativo de cuerpos desestabilizados x las mismas, ya por, como digo, la influencia de los espectros bacanales o simple distracción de abreboca. Una gran metáfora de las contradicciones de la vida, las cosas que siendo una cosa, valga la redundancia, en un comienzo, x negligencia o mala praxis (del caminar) son desvirtuadas y terminan siendo lo contrario e incluso cayendo en la más alevosa de las antípodas: de lomo de burro a dique de contención ya, dado que con el paso de las horas más gente irreflexivamente se va acumulando en dicha canaleta.
Sin embargo, puede haber un tropezador con reflejos tan desarrollados, a pesar de su zigzagueante marcha y su enrojecido mirar, como para eludir esto, “esquivar el bulto”, como quien dice, librando una implacable batalla cuerpo a cuerpo con el aire y lograr heroicamente sostenerse de un hombro desconocido, que lo mirará con hastío y se librara rápidamente de aquella mano.
O bien alcanzar de un manotón a un arbolito indefenso:
Arbolito indefenso, al que alguien, que tal vez esté mirando con odio camuflado en la multitud, se tomó el laburo, hasta ese momento, de ponerle una guía y regarlo todas las mañanas entre risueños suspiros pastoriles.
Arbolito indefenso, que luego de ser arrancado brutalmente de raíz x el tropezador, abatido x el ímpetu generado x el borde de la canaleta, devendrá bastón inerte, en claro tributo al Polifemo de Góngora que hacía lo propio con los pinos para análogos fines, (sólo que, como digo, no preso del vértigo inmanejable como en este caso).
Entonces, detiene la marcha en seco el hiperbólico tropezador, gracias al improvisado bastón, ubicado en las inmediaciones de un grupo de gente que detiene su tertulia para mirarlo, unánimemente atónitos, y escucharlo emitir, agitado, el siguiente enunciado: “menos mal que estaba eso ahí”. Retirándose luego, sin más, haciendo el ademán de secarse la frente con gesto de “me salvé x un pelito”, perdiendose en la multitud. (realmente Antonio debería haber escrito esto, siendo consecuente con su apellido, historias de curdas, imagino q no le han de faltar)
Sin embargo, como dice el sabio y alegre Santo Biasatti: “de todo se puede volver, menos del ridículo”…ahora, que a uno le importe o no…depende de cuán consciente este uno, a veces cuando uno se acuerda apela al autoexilio y a veces ni nos importa pero, también está el caso de que le importe más a los demás que a uno y bueno, que se curtan los otros.
Pero si apelamos al optimista lugar común del refranero popular: “un tropezón no es caída”, para analizar dicha secuencia… y…puede ser… pero depende, me parece que es relativo según el contexto. Un contraejemplo, su contratara poco feliz sería la siguiente: si querés abordar a alguien con despliegues de agudeza chamuyeril y vas en camino sin reparar en el complejo engranaje de canaletas, escalones, desniveles, etc; lo probable es que llegues con el mentón al ras del suelo nadando en el aire…y bue…hay dos opciones: ganar x bizarro o pasar a engrosar la triste nómina del libro de la vergüenza ajena y de los olvidos urgentes, lo cuál puede representar la caída definitiva respecto al objetivo (Digresión imprescindible: esto vale también para toda manifestación involuntaria de índole escatológica, llámese: escape de flatulencias superiores e inferiores, mucosidades visibles, atrancamiento de inodoros ajenos. Pero estas cuestiones, como todos sabemos, no son más que la clara muestra de que nuestra sociedad no avanzó lo suficiente como para q, de una vez x todas, se naturalice la siguiente verdad: “cagar es humano” y todas sus metonimias posibles. Estamos en un plano de eufemismo alarmante, pero este es tema de otra reflexión)
El célebre filósofo Julio Iglesias, también plantea otro punto interesante para el debate en cuestión, cuando explicita musicalmente la siguiente premisa: “tropecé de nuevo con la misma piedra (y/o canaleta, agrego)”. En otras palabras, plantea una reflexión verdaderamente trascendente: la piedra (y/o canaleta) no como simple objeto contingente en el camino, sino como obstáculo epistemológico en el cual reincidimos una y otra vez. Por tanto, tropezarse con una canaleta muchas veces en la noche, máxime ser parte del lomo de burro, ni hablar del dique de contención, además de reconfigurar una arquitectura literal y material, un camino inmutable, es símbolo de otros problemas que gravitan en el inconsciente, que tienen que ver con la contradicción de tomar iniciativa para el estancamiento, la ironía trágica de ser uno lomo de burro, o sea, uno ser obstáculo epistemológico de uno mismo. Y digo esto xq cuando el borracho hace esto inconscientemente está manifestando una cuestión de fondo. ¿Porqué no me dediqué a la psicología? Freud debería haber inventado el “complejo de canaleta y lomo de burro” …el que quiera plantear las posibles connotaciones sexuales de tal complejo, puede hacerlo, yo ya me voy…
con esto, sigo dándole la razón a Roberto Arlt, de que uno puede escribir sobre cualquier cosa…
Kill Bill

jueves, 13 de octubre de 2011

Alarmas y monedas (02/04/09)

-“¿Porqué suena la alarma?”- preguntó la desconcertada sonrisa de una de esas señoras a las que jamás podría adjudicárseles un vulgar hurto supermercadístico.
- “Suena por que suena…por que es alarma”-contestaron las cejas arqueadas a más no poder, de tal manera que se salían hastiadamente de la frente del vigilante hasta no vérselas,como si fuera una hartante obviedad esa pregunta. Claro que lo era! Por que es tan inherente a las alarmas sonar como a los perros ladrar, no importa porqué, no debe cuestionárseles su función, es así porque es así y punto ¿Uno le pregunta a los perros callejeros: “porqué me ladrás, qué te hice”? No, no lo hacemos porque sabemos que no nos responderán, que es una pregunta estéril, a lo sumo como respuesta podemos recibir una mirada brillante, taciturna, resignada que nos dice: “ladro porque soy perro, y para eso estoy, es intrínseco a mi perridad, no es nada personal”. ¿Por qué perturbar entonces, haciéndole gastar saliva con preguntas inútiles, al pobre hombre que está podrido de abrocharle los inoportunos bolsos, con plastiquitos delatores, a gente que no tiene monedas de 1$ para guardarlos en los casilleros?
Pero la gente no tiene la culpa porque, cuando uno va a pedir cambio a los cajeros, también estos arquean las cejas y te dicen que no tienen, porque en esta provincia se codician tanto las monedas como lo hacía el caudillo Facundo Quiroga, por allá, en el siglo XIX, quién monopolizaba las monedas de toda La Rioja según decía el “señor” Sarmiento para ilustrar la “barbarie”. O sea que las cosas no cambiaron tanto no?
El lector coincidirá conmigo en que el monopolio de monedas es un acto de barbarie, un flagelo cotidiano que acarrea muchas situaciones frustrantes y devastadoras que se repiten circularmente.
El siguiente hecho recurrente es ilustrativo de esto que afirmo: tener que comprar chicles, o cualquier boludez -con perdón de la "vulgaridad"-, en el único kiosco abierto un domingo a la siesta -donde no venden cospeles, claro- para que te den cambio de 10$ (odiando la cara de “el creador de la bandera”) con el potencial agravante de que “te haga” los 10 centavos el colectivero porque el boleto hoy sale 1.40$ y rara vez tenés cuatro monedas de 10 centavos y más raro que perro verde aún, tener una de 25 y otra de 5! Y lo que sigue es una profunda sensación de desamparo frente a la mirada burlista del colectivero en el espejito, como diciendo: “ni soñés que antes de bajarte tendrás tus 10 centavos”. Y pensás en lo injusto que es que vos no podás hacer lo mismo, subirte un día y decirle: “te debo 10”. Y odias, a su vez, al kiosquero que el otro día te dio un caramelo “alca” por los 10 y, metonímicamente, a todos los kiosqueros del mundo q hicieron de tu monedero una caramelera, a los cuales tampoco, como es lógico, podrás comprarles cospeles nunca con esa bolsa hipotética que podrías llenar con todos los caramelos que te encajan de prepo.
En ese momento no te pasa la vida por los ojos sino la cara de todos los kiosqueros que viste en tu vida que, día tras día, con el correr de las modas -kiosqueras con pantalones tiro alto y flequillo con limón, kiosqueros con camisas leñadoras, etc-; con los cambios económicos -en australes primero, en pesos luego- te "hicieron la guita” sistemáticamente de mil maneras encajándote caramelos -“media hora”, de menta o de dulce de leche que se te pegan en el paladar como hostias- todos ellos simétricamente horribles, como si hubiesen hecho un estudio de mercado en cada contexto para ver cómo joderle mejor el ánimo a los consumidores de cospeles.
Entonces empezás a ponerte paranoico pensando que tal vez todo esto no sea azaroso, que tal vez los kiosqueros, los colectiveros y la empresa de caramelos “alca”, estén complotados, y hasta agremiados clandestinamente, para repartirse las monedas; que tal vez configuran una logia de adoradores de monedas, cuya oración de cabecera sin duda sea un legendario poema español del siglo XIV llamado “ejemplo de la propiedad que el dinero da” que figura en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, cuyo protagonista principal, claro está, es el Poderoso caballero don dinero, sublime alegoría extensiva a los tiempos que corren; y que mientras lo hacen –rezar- comen, a su vez, esas monedas históricas de chocolate con papelito dorado -que son tan ricas-, y los odias más y más, mientras mirás por la ventanilla y rueda una lágrima de amargura por tu rostro…
El lector, sabiendo perdonar la digresión verborrágica en la cual, de repente, esta humilde observadora urbana enajenóse, bajará del colectivo y entrará al supermercado nuevamente, encandilado por las luces de celestiales fluorescentes. Tomará un carrito y, acompasadamente, paseará, sincrónicamente con él, por las góndolas –simulacros obsenos de abundancia al alcance de la mano-, porque no hay en el mundo coordinación más bella, armónica y perfecta, que la que establecemos con ese móvil féretro de nuestros bolsillos, una catártica y desenfrenada danza que desemboca en los tobillos del incauto que va delante nuestro, al que, sin zapatillas y sin disculpas, dejamos atrás articulando histriónicamente impotentes improperios.
Todo es felicidad hasta que llegamos a la caja, infame aduana que nos devuelve a la realidad capitalista de que-nada-es-gratis-y-que-estamos-arrojados-en-el-super-y-no-alcanza-el-d-i-n-e-r-o-porque-es-fin-de-mes-y recién nos damos cuenta!!
Entonces alguien atrás tuyo con un apuro de fin de mundo, preferentemente una señora con una agriedad que agrieta su rostro, en especial su boca en curva descendente y su nariz fruncida como si oliendo la peor cloaca estuviera hace años; descarga el contenido de su carro yuxtaponiendolo frenéticamente sobre tu mano, abandonada en la cinta de la caja, o bien, encima de tus cosas, Y “guay” con mirarla feo que no le temblaría el pulso para apuñalarte con un pan flauta!
…así que, cuando “te dan la cuenta”, “te das cuenta” que el contenido de tu billetera - cuyo nombre, dicho sea de paso, constituye una ironía despiadada- es inversamente proporcional a la cantidad de sudor que corre por tu frente ahora y directamente proporcional a la multiplicación de rostros iracundos que te suceden cuando ven que te demorás haciéndote el que buscás plata en el bolso (a sabiendas que no tenés un mango) y sólo sacás -cuál Mary Popins- martillos, clavos, pinceles, tizas y demás cosas insólitas de adentro (bueno, supongo que no a todos les pasa, esto hacía mi madre que es profesora de dibujo en epocas de armar paneles para exponer las creaciones de los chicos de la escuela) y entonces si...pasa finalmente que escuchan que vas a dejar “algunas cositas” (que casi siempre es más de la mitad o casi) porque no te alcanza, y la horda de consumistas acrecienta alevosamente la marea murmurante de quejas y muecas de molestia mientras el/la cajero/a te hacen nuevamente el ticket, en una incómoda eternidad de segundos que desgarra la atmósfera volviéndola irrespirablemente molesta…
Al fin te vas… caminando lento sólo para cobrarte la gratificante revancha de escuchar cómo le suena la alarma a la vieja de cara agria, cómo le ladra desaforadamente sólo a ella en un acto de inolvidable justicia poética -aunque más no sea-, un pequeña batalla ganada a la humillación ejercida por el individualismo y la intolerancia de los sujetos de los carros llenos...como se ve, el super es como la vida y las alarmas -a veces aunque raramente como ahora- reivindicatorias...
Kill Bill

domingo, 4 de septiembre de 2011

La heroína de las pantuflas (21/05/06)

Amigos míos, para sobreponerme a episodios tristes de mi vida, me puse a pensar en cosas graciosas y recordé una anécdota tremenda. Una vez, el año pasado creo, tome la bizarra decisión de comprarme unas pantuflas y fui a una galería, a un local específico donde venden dichos "objetos". Resulta que entro y estaba atendiendo una vieja rabiosa, esas viejas a las que les pagaría con mis ahorros un "taxi boy" para que les de una alegría, sólo por eso. Son esas viejas que vienen mal orientadas en la vida y te tratan como si estuvieras molestando cuando vas a comprar. La tipa maltrató a una minita que había visto unas pantuflas en la vidriera porque no sabía el número y en vez de mandarla a la mierda, la mando a ver la vidriera. Después apareció la típica viejita senil (de esas que te rompen la paciencia preguntando sisifescamente lo mismo cada 15 segundos) que le pedía una pantuflas rosas pero de otro modelo que no estaba en la vidriera, no entendía que esas pantuflas eran inexistentes y ahí sí, tal vez dá para ponerse un poquito idiota cuando tenés una barrabrava de viejas invernales que se están agarrando a los chirlos atrás del mostrador para ser atendidas. Después apareció la típica colada impune que se mete adelante tuyo haciéndose la boluda mientras vos esperaste mil años y la tipa la atiende ( y encima la atiende bien!). A todo esto yo estaba de "bajorelieve" en la escena, de vil observadora y estaba rumiando mi bronca en soledad. Cuando me atendió a mí la tipa casi me manda a ver la vidriera pero le frené el carro y emití mi discurso, el más revolucionario de todos.

"Usted me está maltratando y maltrató a la chica que se fue, yo no le estoy hablando mal - me dirigí entonces al dueño- tener empleados así lo perjudica porque se les van los clientes, entiendo que todo el mundo puede tener un mal día pero no por eso los demás tienen la culpa...esta señora no valora su trabajo, en Argentina hay mucha gente que no tiene trabajo no porque no quiere sino porque no encuentra, estoy segura que muchos en su lugar serían felices y lo valorarían más, tendría que agradecer que tiene la dicha de tener laburo en un país como este..." (Algo así era...no me acuerdo bien cómo lo dije así literal pero ese era el sentido) y ya me estaba yendo emboladísima y otra vieja que no sé de donde salió (del reino metafísico de las pantuflas o de una montaña de pantuflas tal vez, no sé) me dijo que no me vaya, que tenia razón y que me iba a atender ella. Debo confesar que me generó un conflicto, me vi en una encrucijada feroz: qué hago? pantuflas o dignidad? (parece un enunciado peronista, jajaja) casi me decido por la dignidad pero después dije: no puede ser que por culpa de una vieja idiota me quede sin lo que fui a buscar. Después la otra vieja que me atendía me dijo: tenés razón en lo que decís pero ella no es mala persona, sólo tiene mal carácter (insólito: creo que nadie va a hacer amigos a una casa de pantuflas, vas a comprar, es una realidad x mas dura que sea, x lo tanto, te da lo mismo que te atienda Yabrán o Grecia Colmenares siempre y cuando te atienda bien). Así que todos felices, todo terminó como un gran cuento de hadas, la tipa se sosegó con mi discurso, yo conseguí mis pantuflas y me fui contenta a mi casa porque no hay nada mas relajante que sacar la bronca de adentro, estas cosas pasan todo el tiempo y preferimos pasarlas por alto: los colados impunes, los malcogidos, los idiotas, los seniles y sisifescos...el mundo está lleno de ellos! solo hay que ponerlos en su lugar cuando corresponde. Así fue amigos, una tarde heroica, flameaba la bandera argentina de fondo mientras emitía mi discurso socialista (para todos aquellos que dicen que hay que llevar lo que uno piensa a toda la población vean, yo lo lleve...¿a una casa de pantuflas?, algo es algo).

Mucha risa y bizarría

Fe de erratas ideológica a 5 años de este falso manifiesto socialista:

Cómo pude haber sido tan botona con esa doña? Cómo pude apelar a la patronal cual “acusalo con tu mamá, Quico”? Cómo pude haber concebido que hay que “agradecer” por tener trabajo? Cómo pude ser tan obtusa y no pensar en la precarización laboral, en la quemación cerebral de esa trabajadora? Cómo pude hacer un análisis de la situación tan acotado, tan descontextualizado? Claro que flameaba la bandera argentina! Flameaba la bandera de los pequebú reduccionistas, los de siempre, qué equivocada estaba!. Ni hablar de las pantuflas como signo ideológico de clase, qué pedorro por el amor de Carlos Marx!

Igual no me voy a autoflagelar, era una pendeja que iniciaba sus pasos en la observación de las cosas, creo haber avanzado un poco más que eso, creo, porque por lo menos, aún sintiendo vergüenza, no ajena sino propia, me hago cargo de hacer la autocrítica correspondiente y no negar este texto, que hoy leo, nefasto. Esto sirve como parámetro de un salto, de un proceso que me llevó a no ser tan mierda como esa vuelta. Espero coincidan conmigo en este cambio de lectura.

La Kill